Dos manzanas

"si se suman dos manzanas son dos manzanas, si se suman una manzana y una pera, nunca pueden ser dos manzanas, son componentes distintos, dos hombres o dos mujeres, son otra cosa distinta del matrimonio". Ana Botella -Sra. de Aznar

09 agosto 2005

Dos tuercas o dos tornillos

Me gusta leer las cartas al director que aparecen en diferentes medios de comunicación para así poder ver que opina la gente sobre diferentes temas.

El autor de la carta está en total desacuerdo con los matrimonios homosexuales. La verdad es que la forma que tiene de expresarlo no es del todo correcto y creo que ataca y llega a insultar en algunos puntos.

Os dejo el enlace a la carta entera, aunque hago un pequeño resumen con las frases que más me han impactado y algún comentario personal, espero no molesten a nadie.

“Pero además es injusta (la ley). Tan injusto es tratar de modo diferente a dos cosas iguales, como tratar igual a dos cosas diferentes. No pueden tener el mismo tratamiento jurídico dos realidades diferentes. Como ha dicho con gracia el P. Rivilla: dos tuercas o dos tornillos no sirven lo mismo que una tuerca y un tornillo.”

Ya estamos otra vez con las comparaciones… a ver… yo no soy ni una manzana, ni un tornillo, ni nada por el estilo. Yo soy un chico y me gustan los chicos, cuando digo eso, no me refiero solamente en lo físico, si no en otras muchas más cosas, amor, sentimientos, no se… yo quiero a una persona, que en este caso es un chico, pero… puedo querer exactamente igual que un chico heterosexual quiere a su chica. ¿Por qué no puedo tener el mismo tratamiento jurídico que ese chico y esa chica?, ¿Por qué no voy a poder tener derechos de viudedad en el momento que se muera la persona con la que he compartido mi vida y he querido? ¿Por qué no voy a poder estar en un hospital con mi pareja? ¿Por qué no puedo disfrutar de derechos fiscales? No se… porque no otras tantas cosas que pueden tener una pareja heterosexual que se quieren y comparten su vida. Yo también quiero exactamente igual y también comparto mi vida con la persona que quiero.

“…Las leyes humanas no pueden cambiar la naturaleza de las cosas. Aunque el gobierno haga una ley permitiendo volar a los burros, no por eso a los burros les saldrán alas…”

Nadie está pretendiendo, creo, con una ley cambiar absolutamente nada de nada. No porque se haga una ley quiere decir que todas las personas se tengan que volver homosexuales. Será homosexual quien lo sea y ya está, simplemente que podrá disfrutar de cosas que hasta el momento no ha podido. No se… si el gobierno aprobara una ley en la que los burros pudieran volar, seguramente a ninguno les aparecerían alas, pero bueno… si a alguno le apeteciera volar al menos sabría que lo puede hacer tranquilamente y no iría en contra de la ley. Los burros no tienen alas, pero si alguno tuviera se tendría que estudiar esta ley.

Creo que la ley se ha hecho después de que muchos homosexuales, como yo, expresemos nuestros sentimientos, ganas y deseos de sentirnos como cualquier otra persona.

“…Dar a las uniones homosexuales los mismos derechos que al matrimonio, ha dicho la Conferencia Episcopal Española, es tan funesto como dar curso legal a una moneda falsa…”

Me parece a mí que la Conferencia Episcopal Española acaba de llamar falsos a todos los homosexuales. No entiendo… que pasa que no se creen que podamos querer, amar, sentir, tener sentimientos por personas del mismo sexo. Supongo que siguen pensando que nosotros lo único que buscamos es sexo. Me parece a mí que a pocas parejas homosexuales conocen esta gente.

“…Si la norma es «TODO VALE», ¿también la zoofilia y la antropofagia?...”

Pero que dicen, en este punto mejor no opino, ya que podría decir cosas que seguramente no serían muy correctas.

“…¿O que uno se coma a un amigo que ha matado, descuartizado y conservado en su frigorífico?...”

Otra cosa igual. Yo creo que una persona que hace algo así, tiene algún tipo de trastorno mental. Yo no tengo ninguno, yo simplemente quiero a una persona de mi mismo sexo, no quiero matar a nadie.

“…Y otro disparate es dejarles adoptar niños. Esos niños quedarán traumatizados cuando vean que todos sus amigos tienen padre y madre, pero ellos son unos raros…”

¿Ellos son unos raros? :)

“…Además las estadísticas hablan de que las parejas homosexuales son muy inestables. Con facilidad cambian de pareja. ¿Cuántos padres y madres van a tener esos niños?...”

Pero a ver… en parte estoy de acuerdo que las parejas homosexuales son algo más inestables que las parejas heterosexuales, pero aquí habría mucho que hablar, pero la verdad es que cualquier pareja homosexual que adopte un niño lo hará sabiendo que no están adoptando un animal, si no… que está adoptando un ser humano. Además cualquier pareja homosexual tendrá que pasar por el papeleo que pasa cualquier otra pareja heterosexual para adoptar, con lo que se evaluará si estos están listos o no para ser padres. Vaya… que para que un homosexual pueda adoptar hijos tendrá que pasar por un papeleo, mientras que cualquier heterosexual, sea como sea y de la edad que sea puede tener hijos sin saber si esta persona está preparada para cuidar a un niño. ¿Que felices pueden ser estos niños, no?

Además… si nos ponemos así… cuantos niños hay que solo tienen un padre o madre porque se han divorciado, que después la madre o el padre con el que viven encuentra nueva pareja que puede ser que tenga a su vez hijos. De golpe y porrazo un niño que hasta este momento vivía con su padre y su madre se encuentre con un nuevo padre o madre y además… se encuentre con nuevos hermanitos. Que pasa… que ¿aquí los niños no tienen ningún tipo de problema que puede traumatizarlo?

“…¡Pobres niños!...”

3 Comments:

  • At 10/8/05, Blogger Jessica said…

    Es que mucha gente cree que con ésta ley el gobierno está inventando algo, como si los homosexuales no fueran padres desde hace mucho años.

    Si un homosexual puede adoptar, es padre. Si ése homosexual padre tiene una pareja, estamos ante una familia homoparental.

    Si una lesbiana puede ser inseminada artificialmente, es madre. Si ésa lesbiana madre tiene una pareja, estamos ante una familia homoparental.

    El gobierno no ha inventado nada.

    ¿Pobres niños? Efectivamente: podres niños de familias homoparentales, no por serlo, sino porque "las gentes de bien" de éste país pretenden dejarles desamparados cuando a su progenitor (biológico en el caso de una lesbiana, adoptivo en el caso de un homosexual) fallezca.

     
  • At 11/8/05, Anonymous Dreamsmaster said…

    Es increible que personas que se supongan con unos conocimientos y una cultura y dignas de ser escuchadas (cuando publican su carta en un medio) sean capaces de decir semejante sarta de tonterías.
    No se dónde han dejado estas personas el criterio de comparación porque comparar la homosexualidad con los tornillos, o con la zoofilia creo que es una comparación un poco fuera de contexto pero bueno, qué se puede esperar de una persona con semejante criterio. :)

     
  • At 17/8/05, Anonymous irichc said…

    LA REIVINDICACIÓN GAY FRENTE AL AMOR Y AL DERECHO


    “(...) se sabe que al principio aquella ardiente tendencia de los sexos entre sí fue instituida por un Creador muy sabio, no para saciar un deseo vacío, pues si se aspiraba a eso únicamente se iba a suscitar una situación muy repugnante y una confusión máxima en el género humano” (Pufendorf, De los deberes del hombre y del ciudadano según la ley natural).

    "La pluralidad de las mujeres conduce, ¡quién lo diría!, a ese amor que la naturaleza reprueba, porque una disolución arrastra consigo otras" (Montesquieu, El Espíritu de las Leyes).

    “De estos enlaces sin reflexión, o dictados por intereses mal entendidos, no pueden esperarse sino uniones desgraciadas, desaciertos continuos, frecuentes desórdenes y una generación sin vigor” (Barón d'Holbach, Del amor conyugal).

    “... renunciando a ese trato con otros hombres, a matar intencionadamente a la especie humana, a sembrar en rocas y piedras donde nunca la semilla podrá arraigar ni tomar su propia y fecunda naturaleza” (Platón, Leyes).

    “... y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si puede detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural” (Séneca, Epístolas morales a Lucilio).



    1. INVENCIONES JURÍDICAS Y DERECHOS HUMANOS

    Ulpiano dejó escrito de manera memorable que el derecho natural es aquel que la naturaleza enseñó a los animales, a saber, el derecho a la supervivencia, del que la fe en la inmortalidad no es más que su prolongación lógica en los seres dotados de entendimiento. Ahora bien, lo que en los brutos es mero conato o instinto de conservación, en los hombres es la búsqueda de la felicidad mediante la vida virtuosa.

    Determinar qué es virtuoso, independientemente de lo que la ley diga, es el objeto del derecho natural. La ley se contradice, la razón jamás, de donde deducimos la superioridad rectora de esta última. A estos efectos apunta Francisco Suárez (De legibus):

    "... toda vez que este camino de salvación radica en las acciones libres y en la rectitud de las costumbres, rectitud moral que depende en gran medida de la ley como regla de la conducta humana, de ahí que el estudio de las leyes afecte a gran parte de la teología y que, al ocuparse ésta de las leyes, no haga otra cosa que contemplar a Dios mismo como legislador".

    No es necesario, pues, presuponer a Dios para conocer lo justo (los letrados paganos son un buen ejemplo), aunque él sea el único que garantiza la justicia en última instancia y el que da coherencia al sistema de lo verdadero, lo bueno y lo bello.

    El viejo argumento que han usado los empíricos y defensores de la "tabula rasa" moral alega precisamente que los ordenamientos de los hombres son inconsistentes en el tiempo y en el espacio, por lo que no hay que presuponer ninguna base inalterable en ellos. A esto se contesta con el siguiente paralelismo: que, obviando las normas de jurisdicción, también se da una colisión ideal entre los jueces de un mismo país en la aplicación de leyes idénticas, dictándose sentencias dispares en casos análogos. Con todo, tal extremo no resta un ápice de validez a la norma, por lo que hay que concluir -y así lo hacen nuestros juristas- que al menos una de las resoluciones en conflicto está mal fundamentada.

    La voluntad y el consenso tampoco bastan para integrar el poder constituyente. El simple deseo, que compartimos con las bestias, no es el que nos hará llegar a una sociedad justa. Urge, entonces, una definición objetiva de derecho natural, cuya fórmula abreviada propongo acto seguido:

    Tenemos derecho a todo aquello que Dios, la naturaleza y la sociedad nos permitan.

    En caso de darse un dilema ético entre la voluntad de Dios -la razón- y la naturaleza, Dios predomina; si se produce entre la naturaleza y la sociedad, que es naturaleza segunda, prevalece la naturaleza primera, de la que aquélla es imagen e imitación.

    Para el primer caso tenemos el abismo que media entre las pasiones, que deben superarse, y las acciones, a las que hay que seguir a pesar de la naturaleza, en vistas a fines potenciales, esto es, intangibles.

    Para el segundo caso está la locura de las sociedades que impugnan su propio fundamento, como las comunidades caníbales o las homosexuales. Negándose el derecho caudal del hombre (recuérdese: la supervivencia), ya sea a través de la subordinación del valor sagrado de la vida al pecado de la gula, como es práctica común entre antropófagos, ya haciendo otro tanto con el de la lujuria, a guisa de los invertidos, se niega al hombre mismo.

    Esto también vale para cierta versión positiva del derecho natural, ampliamente consensuada por las naciones, cuyos preceptos rezan:

    "Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia.

    Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.

    La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado."

    Artículo 16 de la Declaración de los Derechos Humanos.

    "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición".

    Artículo 2.1 de la Declaración de los Derechos Humanos.

    1. Interpretación literal.

    Llamo la atención del lector sobre el siguiente detalle: el primer precepto no habla de restricciones por motivos de sexualidad. ¿No será, pues, que el matrimonio homosexual es contrario a los Derechos Humanos? Si tal cosa se revelase cierta, estaría permitido discriminar a los matrimonios homosexuales, ya que ello no figura como expresamente prohibido en la Carta. En efecto, "... sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión" significa, "a sensu contrario", que pueden contemplarse otras restricciones, como la prevista por razón de sexo o de parentesco.

    La lista, pues, no es abierta. La ley positiva debe ser "scripta et stricta", sin permitir interpretaciones de manga ancha que la desnaturalicen; sobre todo en aspectos cruciales.

    Además, que algo esté permitido ("todo lo que no está prohibido") no significa que sea un derecho humano. Así, la facultad de ir a la playa o poseer coche pueden ser contrarias a ciertas disposiciones de protección del medio ambiente.

    Todavía más: Si el matrimonio homosexual tuviese el rango de derecho fundamental, no sólo habría que ilegalizar a la Iglesia Católica y a todas las confesiones que lo rechazan, sino también considerar que todos los Estados que no reconocen dicho pseudomatrimonio vulneran las disposiciones básicas de convivencia que se han dado los pueblos. O lo que es lo mismo, el 99% de los que integran la comunidad internacional, incluyendo a los propulsores e ideólogos del texto.

    2. Interpretación histórica y sistemática.

    Por lo cual fingir en un alarde de "espiritualismo" que el legislador ignoraba la prohibición de contraer matrimonio entre personas del mismo sexo es a todas luces un exceso interpretativo.

    Hasta aquí hemos presupuesto que "matrimonio" significa lo que la ideología gay quiere, y ni con esas se ha logrado demostrar que algo semejante se prevea en el texto que se comenta.

    Sin embargo, la realidad es muy otra a la que en un principio dimos por buena, pues por ese término el legislador entiende en todo momento el matrimonio heterosexual, el único existente entonces.

    Así, si bien el artículo 2, en una lista abierta, procura por extender a diversos supuestos discriminatorios típicos todos los derechos reconocidos en la Carta, no introduce la posibilidad de crear nuevos (el "matrimonio negro" o el "salario chino"), sino que se circunscribe a lo conocido.

    Si se hubiera querido proponer un matrimonio prácticamente sin límites, se habría otorgado el derecho a todos, reconociéndose expresamente las excepciones que se estimaran (de parentesco, por sentencia penal condenatoria, etc.). Pero, en lugar de eso, se permite al legislador nacional regular dichos límites con razonable holgura.

    Ahora bien, dicha licencia tiene un tope. Sabemos que en algunas zonas geográficas la edad matrimonial es mucho más temprana que en la nuestra. Bajo la concepción jurídica occidental tal posibilidad colisionaría con el derecho a la infancia, esto es, el derecho a no ser explotado durante la edad previa a la pubertad.

    Esta inferencia no puede extraerse del texto mismo de la Carta, por lo que se precisa una interpretación histórica. Si ésta se rechaza en el caso de los matrimonios homosexuales, ¿qué nos empuja a no hacer lo mismo con los niños?

    3. Interpretación teleológica.

    Añado que los infantes tienen en el ordenamiento español, por herencia romana, derecho a aceptar donaciones puras. El dato según el que idénticos sujetos no puedan contraer matrimonio nos informa de que no se estima que éste sea un derecho simple, sino una relación compleja de derechos y obligaciones, entre las que naturalmente se encuentra el mantener a los hijos. Sin embargo, no puede obligarse a nadie a hacer lo imposible, razón por la cual los homosexuales no están obligados a cuidar de los hijos que no son capaces de tener y, por consiguiente, tampoco disponen del derecho a casarse.

    No tiene ningún fuste dar protección jurídica a una pareja que no espera traer hijos al mundo, ya que eso sería lesivo para los célibes, mucho más desvalidos al contar con una remuneración menos. El argumento no se aplica a los estériles, dado que su condición es accidental y no necesariamente definitiva.

    El matrimonio surge como respuesta del Estado al servicio que de modo natural ofrecen a éste las parejas que engendran una progenie y sostienen sus cargas. Sin la obligación actual o futura de mantener la descendencia, el matrimonio carece de sentido.

    Como se ha dicho, los homosexuales no pueden contraer esa obligación de manera autónoma, sino a lo sumo recurriendo al auxilio de la ley (adopción, inseminación, etc.). De ahí se sigue que no tienen un derecho natural al matrimonio, como pareja, pero sí un derecho civil en tanto que ciudadanos, es decir, como individuos.

    El matrimonio homosexual, pues, es una ficción indeseable.

    Además, en el 16.3 de la Declaración se nos dice:

    "La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad".

    ¿Cómo va a ser natural la familia formada por homosexuales, si por naturaleza es incapaz de engenderar y perpetuarse en el futuro? ¿Qué clase de fundamento social es el que necesita a la sociedad misma para fundamentarse mediante el reconocimiento de artificiosas prerrogativas?

    Resumiendo:

    1) Queda claro que el artículo 16 sólo puede referirse al matrimonio tradicional, según se deduce de su interpretación literal, histórica, sistemática y teleológica, no habiendo otras permitidas en Derecho civil.

    2) No es menos patente que el artículo 2 prohíbe restringir el derecho al matrimonio heterosexual, salvo en el caso del parentesco y de la edad mínima, contemplado el derecho a la infancia.

    Por si fuera poco, los textos iusnaturalistas clásicos dan una definición de la igualdad que en nada se parece a la que nos quieren vender los igualadores de hoy (Enciclopedia, Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios):

    "Igualdad natural: Es la que está presente en todos los hombres únicamente en virtud de la constitución de su naturaleza. Esta igualdad es el principio y el fundamento de la libertad.

    La igualdad natural o moral está, pues, fundada en la constitución de la naturaleza humana común a todos los hombres, que nacen, crecen, sobreviven y mueren de la misma manera".

    Ahora bien, la homosexualidad no es común a todos los hombres. Ergo el matrimonio homosexual, al sustentarse en una mera preferencia erótica, ni integra la igualdad ni es un derecho natural del hombre.

    Además, un conocido adalid y teórico de las libertades modernas escribe en su obra cumbre (Montesquieu. El Espíritu de las Leyes):

    “Todo lo que concierne al carácter del matrimonio, su forma, la manera de contraerlo y la fecundidad que proporciona, razón por la cual todos los pueblos han creído que era objeto de una bendición particular que, sin estar siempre ligado a él, dependía de ciertas gracias superiores; todo esto es del dominio de la religión.

    Las consecuencias de esta unión con relación a los bienes, a las ventajas recíprocas, todo lo que se refiere a la nueva familia, a aquella de la que procede y a la que debe nacer: todo esto concierne a las leyes civiles”.

    Cuando el Estado olvida este principio separador se extralimita en sus competencias, se torna totalitario y osa definir una institución previa al mismo Estado, no conformándose con regular sus implicaciones en el ámbito jurídico-civil. Carece, pues, de todo derecho a hacerlo. Con lo cual deviene:

    a) Liberal, porque desregula, privatiza y somete a la voluntad subjetiva, desposeyéndola de causa justa, una institución tan básica como el matrimonio.

    b) Totalitario, porque no respeta la división entre el hecho natural (la familia) y sus consecuencias en el derecho privado, sino que aspira a definir lo primero con la excusa de garantizar lo segundo.

    2. ¿QUÉ ES, ENTONCES, EL MATRIMONIO?

    I.

    El matrimonio es la expresión sagrada del amor erótico y la plasmación erótica del amor místico.

    Todos, hombres y mujeres, pueden amar a Dios, permitiendo su gracia y cesando en cualquier resistencia que contra ella hubieran concebido. Un amor semejante tiene inicio en la pasión y no en la acción, al contrario que el amor mundano, que se incoa en la acción y termina en la pasión.

    Así, cuando amamos al Dios que nos ha amado permanecemos libres de defectos y de limitaciones absolutas. Pero nadie que sea humano, ni los santos siquiera, mantiene ese amor siempre. Se salva, entonces, el que lo conserva hasta el final.

    Ahora bien, la mayoría de las mujeres son por naturaleza promiscuas y aman al paradigma en lugar de al hombre, mas el matrimonio las dignifica. Porque el matrimonio da un fin final a la mujer (la maternidad), que hasta entonces era materia prima, y un producto al hombre (el hijo), que era mera forma o potencia. Por él ama aquélla al hijo concreto, a su hijo, en el que ve encarnada la imagen o paradigma del padre. Luego, al fin, también consigue amar al padre, su marido, en la concreción de un ser, como su causa eficiente e inseparable.

    Recuerdo que María, la mujer más perfecta según el cristianismo, no tuvo un verdadero marido. Por tanto, su amor hacia su hijo -reflejo de Dios y de la humanidad- fue pleno e incondicionado.

    De lo que se sigue que la mujer ordinaria es incapaz de amar perdurablemente fuera del matrimonio, es decir, sin confiarse a ese sacramento. ¿Significa lo anterior que todas las mujeres de tal condición, que son la mayoría, si prescinden del compromiso firme, corren el riesgo de parecerse a las prostitutas? En efecto, aunque sean vírgenes.

    Por otro lado, los hombres, que sí están facultados para amar autónomamente, son incapaces de dar fruto por ellos mismos, por lo que suelen extraviarse en fantasmagorías eróticas. Por ende, su amor carnal no es perpetuo si prescinde de esa finalidad carnal y natural, evitándola, por más que cumpla con los requisitos de reciprocidad y suficiencia.

    En definitiva, habiéndose concebido el matrimonio para satisfacer los fines carnales del hombre y los espirituales de la mujer, es falso y dañino un "matrimonio" que deje al hombre sin hijos y a la mujer sin maternidad, como es el caso de las uniones homosexuales, a las que sólo la demencia puede dar crédito.

    II.

    "Cuando la alimentación es comunión y nuestro hijo crece ante nosotros, es cuando creemos que la tierra y la naturaleza tienen nombre de mujer".

    Así escribía el ‘progre’ Joan Barril hace ocho años (Condición de padre, 1.997). Esta mañana le he visto escarnecer las manifestaciones en favor de la familia. Supongo que hoy, ya entrados de lleno en la era de lo políticamente correcto, no tendría reparos en reeditar el libro y trocar la palabra "mujer" por "persona", más neutral y digerible.

    ¿No eran los partidarios de la “ampliación de derechos” quienes decían -con razón- que el significado de una palabra debe ajustarse a su uso? Con la misma razón les digo que es el hecho el que propicia el derecho que ha de regularlo, no al revés. Cuando las parejas homosexuales estén en condiciones de dar nuevos miembros a la sociedad podrán exigir ser tratadas como el matrimonio, facultad de adopción incluida.

    Hago notar, para los que gustan de razonamientos especiosos, que un estéril estará en condiciones de engendrar cuando se cure, y que nadie debe ser marginado por sufrir una disminución. Ahora bien, el caso de los matrimonios gay es completamente distinto, ya que no se trata de regular la disminución, sino de disminuir la regulación. Por eso los que nos sentimos amparados por ella no podemos permitirlo en aras de una quimera, ni dejarnos difamar por los profetas del “nuevo orden”. Se empieza así y se termina por declarar contrarias al Estado de Derecho a todas las organizaciones que no respeten "la igualdad". Si hoy nos censuran de palabra con nuestro consentimiento, mañana será "ex lege" y sin él; pasado, quién sabe.

    Sobre la "homofobia", vocablo necio y mezquino donde los haya, respondo con un adagio de La Rouchefoucauld:

    "Algunos temen ser despreciados, porque son despreciables".

    Y es que no deja de tener su gracia el que la verdadera fobia, o sea, miedo, venga a ser la que expresan los paranoicos gays mediante este término, acuñado "ad hoc" para avergonzar y marginar a todos sus adversarios ideológicos.

    ¿Quién debe "adaptarse a los nuevos tiempos"? ¿Sólo se dan en España? ¿Está fuera del tiempo el resto del mundo? Evidentemente no. En este caso, lo lógico y hasta “democrático” es que el lobby gay se adapte a los demás, en lugar de acogerse a falacias provincianas y a infantiles dilemas de todo o nada.

    III.

    El día en que los homosexuales engendren entre ellos dejarán de ser hombres y hombres o mujeres y mujeres, por lo que también abandonarán su condición de homosexuales. Pero no quiero ni imaginar la clase de criatura, sentimentalmente amorfa y psicótica, que puede derivarse de este experimento hermafroditista. Probablemente, si se llegara a dar, desembocaría en la destrucción agónica de la raza humana, pues nadie se reproducirá cuando ello deje de ser fácil, placentero y enriquecedor en lo interpersonal.

    Lo que está haciendo el Estado es desregular el matrimonio, lavarse las manos. La palabra no es importante, o no en exceso. Importa que todo matrimonio, el auténtico y el bastardo, tendrá ahora un mismo fundamento viciado. ¿Acaso no protestaríamos si alguien definiese al hombre como un bípedo implume?

    Personalmente estoy dispuesto a negociar definiciones, pero no a capitular sin argumentos. Tengo un límite: no admito que algo signifique una cosa y su contraria; eso es ofuscarse en la vaguedad del lenguaje. Y donde no hay un lenguaje claro tampoco existe una moral limpia.

    Se nos intenta meter en la cabeza que el amor homosexual existe, sólo porque las palabras "amor" y "homosexual" existen y pueden juntarse en una sola frase. Estamos ahítos de los monólogos autoapologéticos a lo Walt Whitman (el poeta amanerado por excelencia): “yo soy yo porque me yoeo yoeándome... por retambufa”, valga la parodia.

    La Iglesia blande sus objeciones desde una lógica más desprejuiciada que la del comparsa gay, a pesar de que con ello se granjea enemistades, chantajes y amenazas. En una época en la que el triunfo político se basa en la sonrisa, la demagogia, la concesión graciable y el bombardeo publicitario, eso es de agradecer y de admirar.

    En cambio, con el actual esteticismo mediocre y con la ética del "laissez faire" y la armonía de pulsiones simpáticas ("buen rollo") se está a las puertas de dar la bienvenida, o allanar el camino al menos, a un nuevo régimen fascista.

    IV.

    El matrimonio ha contado tradicionalmente con tres vínculos o "cadenas" que unían a los dos cónyuges, a saber:

    1) El vínculo religioso, por el que se manifestaba públicamente un compromiso ante Dios y, en consecuencia, indisoluble.

    2) El vínculo legal, según el cual dos personas consentían en obligarse objetivamente, contrayendo derechos y deberes recíprocos.

    Con la aprobación del divorcio también se establecieron como objetivas las causas de disolución de dicho vínculo.

    3) El vínculo natural, según el cual dos personas de distinto sexo que mantienen relaciones sexuales logran descendencia, quedando unidas por una potestad común.

    Ahora bien, a partir de la reforma del Código Civil español esas tres cadenas sustentadoras de la familia se reducen a cero:

    1) Se niega el vínculo religioso preceptivo, por lo que el matrimonio, dada su naturaleza civil, es disoluble.

    2) Se subjetiviza el vínculo legal en favor de la voluntad de las partes y se suprime la causa de revocación del mismo, que ahora es libre.

    3) Se anula el vínculo natural, necesario hasta la fecha (salvo en casos de esterilidad o medidas anticonceptivas), y se convierte en un hipotético vínculo legal, la adopción, voluntario para el adoptante y facultativo para la Administración que la concede.

    Hoy en España el Estado da más garantías al que arrienda un inmueble que al que funda una familia.

    V.

    El divorcio, aunque erróneo y dañino, se asienta en cierto modo en el derecho natural: uno puede rescindir el contrato por el que se ha obligado, si se incumplen los pactos, promesas o expectativas que dieron lugar a él. La Iglesia no condesciende porque considera que el matrimonio es una institución divina por la que el hombre y la mujer obtienen algo superior a sus fuerzas: el altruismo, la fidelidad, la capacidad de renunciar a la pasión indiferenciada para fijarse un fin eterno. Éste es el sacramento por ella administrado, que exige la fe en el amor.

    En definitiva, y a la vista del oportunismo en boga, los gays tienen tanto derecho a contraer matrimonio como cualquier legislador futuro a negárselo. No hay más garantías cuando uno se acoge a la anti-moral iuspositivista. Ya que el "matrimonio homosexual" no sólo contraviene la ley divina, sino que también es naturalmente aberrante, absurdo (pues, ¿en qué promesa íntegra y estable podría basarse?). Es, sin duda alguna, el siguiente paso hacia la deshumanización.

    VI.

    Creo que nadie se ha parado a meditar las consecuencias de la perpetuación de familias con vínculos estrictamente jurídicos.

    Imaginemos una unión familiar homosexual con un hijo adoptado. El hijo, al hacerse mayor, es también homosexual y forma una nueva unión, acogiéndose igualmente al derecho a adoptar. Digamos que otro tanto se repite en la generación siguiente.

    Mi pregunta es: ¿qué vínculo habrá entre abuelos y nietos, salvo el hecho de ser homosexuales? En efecto, no se dará ni vínculo sanguíneo ni vínculo jurídico relevante, por lo que esas personas bien podrán relacionarse sexualmente entre sí sin miedo a escándalo.

    Entonces, ¿qué diferencia hay entre estas "familias" y las orgías gays? Respondo: las ventajas económicas reconocidas por el Estado a tan constructivas conductas.
    VII.
    La opinión pública española es esquizofrénica y ridícula. En las encuestas más optimistas (que otro cantar sería un referéndum) parece estar mayoritariamente a favor del matrimonio entre homosexuales. Ahora bien, en esas mismas estadísticas los que niegan el derecho de adopción a dichas parejas representan ya la mitad del espectro, desmintiendo la hipotética tendencia favorable anterior.
    Así, tras casi un lustro de intensa "normalización" mediática de la homosexualidad, la mitad de los españoles sigue estando en contra de la extensión indiscriminada de la prerrogativa de adoptar. Pero ahí hay que añadir también a los que se oponen al matrimonio entre personas del mismo sexo y tal vez nada obstan a que esas parejas adopten, como lo vienen haciendo a título individual; léase: aquellos que ven con malos ojos una redefinición de la institución matrimonial y que, sin embargo, no tienen prejuicios desfavorables sobre la crianza de los infantes por parte de esas uniones.
    La conclusión es clara: la gran mayoría de españoles admite esos contratos sólo como matrimonios de segunda, sin derecho natural a formar una familia. Es decir, como matrimonios sin función social ni institucional, de pura conveniencia.
    Por lo que me reafirmo: Es gracias a esta ley que los gays han pasado a ser ciudadanos de segunda.
    VIII.
    Pero, en fin, la sociedad en su conjunto es indiferente al tema de los matrimonios homosexuales, pues no le afecta de modo directo. Son los políticos los que deberían ocuparse por lo que es común, en lugar de ceder a presiones de lobbys que ayer clamaban por el amor libre y hoy, sin renunciar a éste, fingen querer compatibilizarlo con un modelo familiar que calca al del heterosexual conservador. Es insensato.

    Sigamos con el juego de las asociaciones:

    ¿Qué disimilitudes hay entre dos gays casados y dos gays libertinos y sin compromiso? Ninguna, sólo la formalidad de un débil contrato, egoísta en tanto que, “ex natura rei”, sólo protege a sus contrayentes. Pero ello permitirá a muchos darse la apariencia de familia y lograr la patria potestad por un medio mucho más seguro que el de la adopción individual, ya que el juez no puede entrar en valoraciones morales si la norma las ha obviado expresamente. Ahora bien, una pareja heterosexual no necesita de semejante artimaña, dado que es capaz de engendrar por sí misma, salvo en los casos de infertilidad, involuntarios. De ahí que este “derecho” se exija sólo para los desviados, ignorando el interés del niño.

    Al degradar la institución del matrimonio se degrada la familia y, en consecuencia, al hombre mismo.

    El problema es la adopción por parte de las parejas gay, forzosa en caso de que quieran tener hijos, ya que de este modo se convierte la excepción en regla. El niño deja de ser la carga natural de quienes lo engendran para transformarse en un derecho positivo de los que formalizan cierto contrato. O sea, justo lo opuesto.

    Esta alteración de su estatuto repercute en su libertad. Pues, si a todo derecho corresponde una obligación, al pretendido derecho de las parejas homosexuales a adoptar corresponde la obligación del niño a ser adoptado, con la renuncia a su vínculo previo, que contemplaba un padre y una madre.

    Por otro lado, la carga positiva de las parejas que adoptan, a saber, la de mantener al adoptado, parte de un derecho inexistente, por lo que también se torna extremadamente débil.

    Se trata, pues, de una pérdida neta y de una perversión de la finalidad de las adopciones.

    Éstas sólo crean una expectativa de derecho antes de constituirse. Una vez constituida, aunque irrevocable, la adopción depende de la legislación nacional y no de los lazos naturales. Es más, el procedimiento está sujeto a que haya niños en disposición de ser adoptados. Luego no puede hablarse de un derecho natural a adoptar, tampoco para las parejas de condición heterosexual.

    El reconocimiento positivo del derecho a adoptar se basa en que hay un menor en situación de desamparo y no se encuentra otro modo de darle cobertura. Ahora bien, mientras se encuentren parejas heterosexuales dispuestas a cumplir dicho cometido, no debe concederse tal derecho a las homosexuales, pues la naturaleza ha impedido de modo absoluto a éstas formar una familia.

    Si el gusto diese derechos, todo sería un derecho, pues todo es susceptible de ser objeto de deseo. Se requiere, entonces, la capacidad; y es especialmente incapaz el que ha renunciado a su virtualidad reproductora en favor de entregarse a la líbido contra natura.

    IX.

    Otro tanto sucede con la filiación. Imaginemos que la potestad patria se adquiriese, en virtud de una nueva ley, besando al huérfano menor de edad en la frente, sin más garantías, siempre que éste prestara su consentimiento a tal acto. ¿Supondría eso una lesión de las filiaciones ya existentes? No de forma directa. Pero, ¿qué decir de las venideras? Y no hablo ya de extender dicho precepto al menor no huérfano, haciendo que la paternidad se vuelva revocable.

    Si consideramos que el matrimonio o conyugio es el origen natural de la filiación, la reforma actual no está en absoluto alejada de estos casos rocambolescos que, ya que son posibles en manos de un legislador majadero e ignorante, aún conservan la suficiente fuerza para escandalizarnos.

    Hoy, digo. Mañana quizá alguien nos convenza de que la pedofilia -bautizada con un nuevo nombre- es un derecho humano. Están en ello.

    3. ¡EL GAY VA DESNUDO!

    El lobby gay y la heterosexualidad degenerada (la homosexualidad siempre lo es) quieren que el sexo sea algo indiferente, neutro, relativo, convencional, intercambiable. Pero el sexo es algo más que echar una cana al aire. En cierto modo es la esencia del hombre, tanto del vulgar y sensual como del extraordinario y espiritual. Ambos se definen en base a su relación con el sexo, sea ésta inercial o racional, obvia o problemática. Negar esta condición constitutiva del sexo es negar al hombre y convertir la humanidad en una especie animal más. Con la diferencia de que, para colmo, se la condena a la más vergonzante y egoísta de las extinciones en el altar de la lujuria.

    Los homosexuales tienen un vicio por su condición, pero no pecan si no consienten a él. Absolutamente nadie puede ignorar por tiempo indefinido las tendencias viciosas, y ningún mortal está libre de pecado. Ahora bien, ¿qué pensaríamos de un obeso que intentase elevar la gula a la categoría de privilegio civil? Una cosa es respetar a los homosexuales y otra muy distinta es asumir los postulados de los gays, rendirse a la bajeza.

    Antes he dicho que el sexo, como valor psicológico, es la esencia del hombre, ya que no hay manera de sustraerse a él mientras se está vivo. Sin embargo, el sexo como valor moral aislado y hedonista es voluntad de descomposición, de desintegración y de vacío. Es una protesta contra el peso de la existencia. Se opone, entonces, al amor, del que resulta lo contrario: la voluntad de unión, de integración y de lleno, la afirmación de la vida.

    Un monstruo no es tal por su carácter improbable, es decir, por la parvedad de casos de su tipo, pues, si así fuera, también serían monstruos los seres excepcionales, Jesucristo a la cabeza. Ahora bien, el fenómeno monstruoso se da cuando un ser está dotado de órganos o facultades que no corresponden a fin alguno, como por ejemplo, tres ojos en un mismo rostro (que rompen el eje de simetría de la visión), la bicefalia (que impide ejercer autónomamente el control sobre los miembros) o la atracción por personas del mismo sexo, destinada a eliminar el amor de la faz de la tierra, como preámbulo macabro a la desaparición de la raza humana.

    Primero fue el amor sin descendencia ("libre"), luego el amor sin compromiso (al que habría que llamar "libérrimo"). Ahora sólo queda el "amor" sin amor, entiéndase, la cópula libertina, esgrimiendo el mero goce escatológico del propio cuerpo en perjuicio de cualquier otra consideración. Hay heterosexuales que "aman" así, pero no están obligados a hacerlo. La institución jurídica del "matrimonio homosexual", por contra, crea un modelo que desecha cualquier forma de relación que no sea la fundada en el banal interés erótico y en la indiferencia sádica.

    No puede haber comunión de ideales ni afirmación de la vida (esto es, familia) desde la perspectiva de la caducidad, como tampoco puede darse la amistad desde la instrumentalización sexual del otro ("Para considerar a una mujer nuestra 'amiga' sería preciso que nos inspirase alguna suerte de antipatía física", dejó escrito Nietzsche). Los homosexuales degradan el amor, rebajándolo hasta el nivel de la amistad, para acto seguido arruinar la amistad, encerrándola en la mazmorra del sexo.

    Y bien, el origen de la homosexualidad es en buena parte sociológico, a saber: una mala disposición del padre para que el hijo se identifique con él. Y como el error engendra error, de familias malas pueden salir familias peores y hasta antifamilias o pseudofamilias. ¿Cuál es el quid del descalabro? Una sociedad débil, egoísta e individualizada daría lugar a esta clase de fenómenos de otro modo inexplicables.

    Hoy los jacobinos, antes iusnaturalistas, olvidan la frontera que el mismo Parlamento inglés se autoimpuso: "La ley lo puede todo, excepto convertir a un hombre en mujer".

    La medida legislativa que se comenta no ha sido acordada por ser un avance en materia alguna, sino por resultar electoralmente sabrosa. No se ataque, pues, a la Iglesia, que siempre dijo lo mismo: atáquese al partidillo que desde su fundación hasta la fecha ha tardado 125 años en reconocer y proclamar un "derecho inalienable", como parece al fin que lo es el concubinato homosexual. Mas adelantemos algo de teoría.

    El buen Estado debe reconocer los máximos derechos, que son finitos y consustanciales, y al menos garantizar las libertades, infinitas y de carácter accidental, en tanto que éstas no frustren a los primeros. Es de notar que los derechos se complementan mutuamente (al integrar la noción de hombre), mientras que las libertades de signo contrario (que constituyen al individuo) se limitan recíprocamente. Los derechos, a su vez, constriñen las libertades adversas a su realización, pero ninguna libertad, ejecutada para el caso, puede disminuir un derecho en general reconocido.

    Visto esto, pocos negarán que el trocar una libertad en derecho positivo "erga omnes" equivale a debilitar por un tiempo indeterminado todas las libertades y también todos los derechos naturales que se le oponen (verbigracia, el derecho a la familia). Aquí se une el inconveniente de que con ello no se protege nada duradero que justifique tal gravamen, quedándose la cosa en un mero refrendo "a posteriori" de la voluntad de Zutano y Mengano, privadamente respetable, si bien inútil y redundante en lo público. El individualismo institucional, además de ser una suerte de oxímoron, empobrece la dimensión del hombre.

    Un Estado que garantice todos los derechos será o bien perfecto, si los armoniza con la libertad, o bien tiránico, si no lo logra. En adición, un Estado que reconozca todas las libertades se destruirá a sí mismo, convirtiéndose en anarquía. Por último, el que sólo reconozca parte de ellas cederá una fracción de su soberanía a grupos de poder, cual oligocracia.

    Las parejas estables gays, las poquísimas que hay y que habrá, no dan nada a la sociedad, luego la sociedad no les debe nada en tanto que parejas. Ello aún sin entrar a juzgar su aptitud moral, que, por supuesto, también se discute.

    El amor, en efecto, es la unión perpetua (o así pretendida) de dos seres y, en el caso de hombre y mujer, unión en cuerpo y espíritu. "Que sean una sola carne": cualquier otra definición lo desvirtúa. Así pues, el amor erótico, a diferencia del amor intelectual o místico, implica que esa perpetuidad se extienda al cuerpo mediante la descendencia. Y no puede decirse que el "amor" entre homosexuales sea místico, pues es carnal. Entonces, al carecer de fines carnales, es falso amor erótico, es mera lujuria y sometimiento a las pasiones, lo cual -si bien no basta para incapacitar o desacreditar a nadie- tampoco debe conceder derechos de más.

    La sodomía no tiene ningún fin, ni próximo ni remoto, que no sea la obtención de placer, implícita de por sí en cualquier acto. Rascarse un brazo -se me contestará- tampoco cuenta con fines adicionales, y no por ello entra en la categoría de lo anormal o deforme. Pero nadie consagra una parte importante de su vida a rascarse, ni aspira a edificar algo superior a partir de este fundamento. Por ello es un abuso crear instituciones jurídicas "ad hoc" que, más allá de la protección contractual, amparen derechos inexistentes, como el que puedan tener los zurdos a trepar escaleras violetas. Máxime cuando tales prerrogativas individuales se oponen a derechos inalienables de la sociedad, por ejemplo, el de fundar una verdadera familia.

    Pero advirtamos este extremo: El matrimonio civil es el sometimiento del otrora compromiso eterno a la contingencia contractual, la permuta de la fidelidad de dos por la voluntad condicional de uno y otro. Sólo hay un auténtico matrimonio: el que nace queriendo durar para siempre; sólo Dios puede refrendar pactos incondicionales, indisolubles en sí y superiores a todo albedrío una vez consumados.

    Si el matrimonio civil moderno ha logrado prosperar ha sido dado su parasitarismo con respecto al católico, empezando por el nombre. A pesar de ello, ha supuesto una brecha en la noción sacramental de la familia, que ahora se concibe con los trazos pragmáticos de una sociedad en comandita. No es extraño que ya muchos vean en esa versión descafeinada y falsa de matrimonio, y por extensión también en el matrimonio católico, un "papeleo inútil", prefiriendo a cualquier vínculo formal la ausencia completa de sujeción, el mero estado de facto, la idílica beatitud primitiva.

    Viene entonces cuando, en un ataque de inconsecuencia, "el pueblo", el atolondrado pueblo, exige que se legisle sobre las parejas de hecho porque la razón natural y la "igualdad" lo requieren. Salimos, pues, de una regulación para caer en otra. ¿Con qué cometido? Protegernos de nuestra propia voluntad, aunque lo hagamos de manera artificiosa mediante la ley, que imaginamos no impuesta, sino emanada de nuestras conciencias.

    El "matrimonio homosexual", en fin, es un paso más en este montaje metafísico-jurídico, nacido para despojar al hombre de sus responsabilidades irrenunciables en favor de un Estado omniabarcante, cuyo proceder no debe cuestionarse ni siquiera en el fuero interno. Se trata en definitiva del sueño de un déspota como Napoleón (impulsor del Código Civil), perpetuado en el ideario fáustico del ateo.

    Además, el placer sexual es una pasión y, por consiguiente, carece de fines propios. Los homosexuales no reinvindican el derecho al amor -eso iba a ser como reinvindicar el derecho a la alegría: una estupidez-, sino al placer. La capacidad de amar no puede regularse de forma directa, pues es de naturaleza interna. Sólo se regulan los actos externos, a saber, la consecución de una descendencia, a cuyo núcleo afectivo llamamos familia, o en su caso, la búsqueda del mero goce, a la que nos referimos como concubinato. La homosexualidad queda forzosamente reducida a este último supuesto.

    El sexo es siempre promiscuo, el amor es su némesis, que le pone freno. Y el amor necesita un cauce o fin permanente para no extraviarse ni agotarse demasiado pronto. Así pues, el "amor homosexual", aun si existiese, cosa que niego, no tendría nada que ver con el matrimonio, al no contar con fines naturales.

    Los gays reclaman el derecho al matrimonio para escarnecer el amor y, mediante su marginación, parecer ellos menos enfermos. Se intenta dar una solución sociológica a un problema a la postre psicológico, arrastrándose a todo el cuerpo social en una caída en picado hacia la animalidad.

    No podemos proseguir sin esbozar una caracterización de nuestro objeto de estudio. Las características del amor son tres:

    1) Ánimo de perpetuidad

    2) Intención de reciprocidad

    3) Suficiencia

    Cuando se cumplen las tres se da el amor en cualquiera de sus vertientes: consanguíneo, erótico o místico, de menor a mayor sublimidad.

    La condición del amor consanguíneo, el más terreno, no puede perderse nunca, ya que es innato. Basta, en efecto, con que se den relaciones de parentesco lo bastante notorias como para permanecer en la conciencia del amante. No es de extrañar que sea también el afecto más común entre los hombres y el primero en manifestarse.

    El amor erótico está a medio camino entre lo innato y lo gratuito, entre lo pasivo y lo activo. Su condición es la unión carnal: no admite separación definitiva y exige su símbolo de perpetuidad en la progenie. De otro modo resulta imperfecto, inacabado. Depende tanto de la propia voluntad como del azar del encuentro y del equilibrio de las potencias de los individuos en que se da.

    El amor místico no se adquiere por nacimiento ni por voluntad, sino por irradiación. El deseo que lo alimenta es puramente intelectual, sale fuera de sí y se une por el vértice infinito de la fe.

    Veamos ejemplos de amor bastardo:

    a) Un caso donde se cumple 1 y 2 pero no 3 es, por ejemplo, el de la poligamia, en la que ninguna relación forma un vínculo completo, sino que todos los conatos de vínculo se unen en una masa acéfala.

    b) Si se verifica 1 y 3 pero no 2, topamos con el fetichismo y toda clase de idolatría en la que no podemos ser correspondidos, al tratarse de una entrega unilateral, solipsista y enajenada.

    c) Supuesto típico en el que se dan 2 y 3 pero no 1 es la homosexualidad, que renuncia por principio a la descendencia, el único modo de perpetuación carnal. Y si intenta solventar esto por otros medios externos (v.g., la adopción), entonces deja de cumplir 3 y sale de un fraude para caer en otro.

    d) Cuando se cumple sólo 3, obviándose 1 y 2, nos hallamos ante un vicio que se autoconsume en su propia pasión, pero no pretende durar ni ser correspondido.

    e) La situación por la que se cumple sólo 2, obviándose 1 y 3, retrata un mero ejemplo de seducción sin más pretensiones.

    f) Por último, un caso donde se verifica sólo 1, obviándose 2 y 3, expresa el amor intelectual que el artista tiene para con sus obras, que ni espera ser correspondido ni es autosuficiente, pues toda creación exige un código y una materia donde plasmarse.

    En resumen:

    1) El "amor homosexual" es un acto natural (la cópula) carente de fines naturales (la reproducción).

    2) Todo amor busca unir a perpetuidad (el amor entre madre e hijo, padre e hijo, etc. no busca unir a perpetuidad, porque ya nace unido por el parentesco), pero el "amor homosexual" no sólo no lo logra, sino que no puede lograrlo desde sí mismo.

    3) Luego, o bien el "amor homosexual" no busca unir a perpetuidad, o bien lo busca sin fruto.

    4) Si no lo busca, no es amor.

    5) Ahora bien, si lo busca sabiendo que no puede lograrlo, también es engaño.

    6) Ergo, se elija lo que se elija, aceptadas las premisas, el "amor homosexual" sólo impropia y arbitrariamente puede llamarse amor.

    7) Y, si no se aceptan las premisas, entonces llámese amor a cualquier entretenimiento pasajero, con lo que se demostrará que, para conseguir semejante cometido, se tuvo que vaciar el concepto, tal y como se entiende de ordinario.

    Con lo cuál cabe preguntarse: ¿qué distingue el amor de la amistad?

    El amor, como se ha dicho, tiene tres requisitos: ánimo de perpetuidad, intención de reciprocidad y suficiencia. Si reúne los tres, es amor perfecto, ya sea en grado familiar, erótico, altruista o místico. Vale para las cuatro categorías, y eso es lo que se le debe exigir a toda definición solvente.

    El amor es el afecto máximo al que puede llegar el hombre, pero a su vez se incrementa según la dignidad del objeto al que va dirigido y el grado de contingencia del acto de amar. Cuanto más contingente, tanto más sublime. Así, el amor del parentesco es el más bajo, porque no se elige en absoluto, sino que viene dado necesariamente en cualquier hombre desde la cuna; el amor erótico es intermedio, porque, pese a ser libre, viene impulsado por la inercia sexual; acto seguido, el amor altruista o caridad es el que menos condicionantes tiene; el amor místico, por último, es el más contingente, ya que resulta totalmente gratuito.

    El amor, pues, en cada uno de sus ámbitos, es el afecto que reúne esas tres características. A la amistad, en cambio, que es más débil, le bastan sólo dos: la intención de reciprocidad y la suficiencia.

    Ninguna amistad se plantea como perpetua, incondicionalmente. La amistad es la comunión de ideales, y se pierde cuando ésta desaparece. Nadie suele salir traumatizado por ello: es lógico que suceda, y así como se ha creado se destruye, habida cuenta de que está esencialmente subordinada a los vaivenes de la ideología.

    Sin embargo, el verdadero amor no sucumbe ante la pérdida de belleza o frente al decaimiento de cualquiera de los atributos que, al margen de los expresados en mi definición, pudiese tener.

    Entonces, ¿por qué el sexo con un amigo degrada y desvirtúa la amistad? ¿No es éste un elemento de perpetuación no sólo material, sino también emocional? Sin duda. Ahora bien, el problema del sexo en el hombre, ser escindido, es que puede implicar una perpetuación física en la descendencia y emocional en la conciencia, pero sin sentimientos de afecto duraderos, ordenados a fines, que creen una comunión de almas. El soporte ideológico de la acción cede, pues, ante el biológico de la pasión. De este modo se arruinaría la amistad y el amor por el mero hecho de copular con aquellos a los que llamábamos amigos. Es el defecto espiritual de la promiscuidad, que busca siempre mezclarse con lo más bajo, en lugar de formar una unidad superior.

    También se da una dificultad análoga cuando hay en conato perpetuación emocional y sentimiento duradero, pero imposibilidad física absoluta de perpetuar nada. En este caso la amistad, que es intelectual, también queda corrompida y el amor, que integra una dimensión carnal, burlado. Es el defecto de la homosexualidad y de toda especie de filia erótica. Pero, al progresar el ser humano desde lo sensual hasta lo inmaterial, de lo tangible a lo intangible, hallamos que cuando se da esta carencia es prácticamente necesario que se dé la de la promiscuidad, que representa la imposibilidad de humanizar la vida.

    El amor puede comprender la amistad, es decir, la comunión de ideas, pero ello no es así necesariamente. Por eso hablamos a veces de amores imposibles, aunque amores, al cabo.

    No os engañéis: amistad y amor sólo se distinguen por la nota de la perpetuidad. Una amistad que se quiera perpetua es amor, y un amor de simulacro, sin vocación de permanecer, no es más que una instrumentalización sexual de la amistad, que en un supuesto típico depende de las ideas, no de la líbido.

    El amor de los homosexuales no tiene vocación de permanecer, y ello no es una casualidad, ya que es un amor naturalmente estéril. No tiene que extrañarnos que en la mayoría de casos también sea sentimentalmente estéril, salvo quizá para los que creen en la total independencia del espíritu sobre el cuerpo, los mismos gnósticos que han sido vomitados por la filosofía y por la historia.

    La amistad sólo tiene carácter de suficiente cuando depende de las ideas, que son intrínsecas al hombre. Pero cuando se sostiene en factores externos no es suficiente ni tiene ánimo de perpetuidad. Es una asociación de conveniencia que, de manera eventual, provoca una relación de afectos simpáticos con carácter mutuo.

    Pensemos, para finalizar, en la forma más baja posible de afecto hacia otra persona, lo que vendría a ser un anti-amor. Hagamos que las tres propiedades antes mencionadas se contravengan por completo; imaginemos un sentimiento que no quiere perpetuarse, ni ser correspondido, ni es buscado por sí mismo.

    Las prostitutas, por ejemplo, rechazan la descendencia, no les interesa lo que sus clientes sienten y no buscan la unión sino por dinero o placer. Añado que el placer no es un fin, pero sí puede serlo el incremento del placer, no obstante sea un fin sin bordes, una suerte de nirvana o disolución del yo.

    Observad que el llamado amor entre homosexuales es idéntico al amor de las prostitutas: no quiere perpetuarse carnalmente, porque sabe que es imposible; no les interesa el afecto del otro, ya que ellos mismos tampoco lo sienten; por último, una vez que el amor ha sido excluido, sólo pueden buscar la unión por algún motivo distinto, que hace de su relación algo deficiente y dependiente; lo que solemos llamar un vicio, como beber o drogarse.

    O, en términos más esquemáticos:

    1) No hay perpetuidad real posible, ergo tampoco intención consciente de perpetuidad;

    2) No hay amor por parte propia (ya que falta al menos uno de sus elementos), luego tampoco se espera recibirlo del otro; y

    3) No hay un afecto autónomo, que se baste a sí mismo, sino un afecto subyugado a una pasión, una racionalización, en definitiva.

    De lo que se concluye que la homosexualidad no es una carencia simple, sino múltiple y en efecto dominó, que repercute en todo el ser.

    Ahora el único freno contra la poligamia es la "dignidad de la mujer", que se esgrimiría como indisponible frente a aquéllas a las que no les importase compartir marido. Pero parece que a nadie le preocupa la dignidad de la familia. Es hipócrita: permitimos uniones contra natura, minoritarias en nuestra sociedad, y les negamos a los inmigrantes sus uniones tradicionales que, siendo incorrectas, al menos no carecen de fines.

    Debo insistir: los gays no buscan ser naturalmente iguales que el resto de parejas, porque es imposible, ya que su condición física y espiritual se lo niega. Buscan que esas parejas sean iguales a ellos: eso sí es posible, y la ley aquí es sólo un instrumento para perpetuar esa práctica marginal. Por lo común la ley reafirma la costumbre generalmente aceptada; en España se ve que también nace para negarla y pervertirla a golpe de chantaje moral.

    No deja de ser sintomático el que muchos se hayan tomado a modo de cruzada la invención de derechos, queriendo dotar de una dignidad especial a quien de por sí no la tiene. Como el que maquilla a una rana.

    Sólo hacer notar que el "amor homosexual", como el supuesto amor de los animales, carece de fines conscientes o inconscientes. Con la misma autoridad con que hoy se casan hombres con hombres y mujeres con mujeres, podrían "casarse" caballos con yeguas y hasta yeguas con novillos, amparándose la extravagancia en la libre voluntad del campesino. Ahora bien, el consentimiento sin derecho no obliga a terceros, pues es pacto entre criminales; y España y Portugal bien pueden dividirse el mundo en Tordesillas, que el mundo seguirá su curso.



    Daniel Vicente.


    http://www.miscelaneateologica.tk

     

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